Pocas veces cuestionamos nuestros privilegios y cuando lo hacemos es porque estos se han vulnerado.  Recuerda William Blake, poeta del romanticismo inglés, que “la eternidad está enamorada de los frutos del tiempo”. Nos pensamos como sociedad a partir de estos frutos prodigados por el ingenio y la inventiva de nuestros predecesores, cuyo avance ha impulsado la carrera para que nosotros, desde el presente, también aprendamos a hallar bienestar en las prácticas y elementos que propician el desarrollo de nuestras actividades cotidianas.

En primer lugar, si pensamos sobre nuestras rutinas diarias, repararemos en que gran parte de estos ritos minúsculos que damos por sentado, representan un dominio y un acto de la imaginación para transformar la relación con el mundo. Históricamente, los diferentes pueblos humanos han pensado sobre el modo en el que la comprensión de la sociedad y los medios materiales pueden transformar los entornos y modelar nuestro hábitat.

La memoria y su legado no se escapan de este tipo de ejercicios, pues aunque en un primer momento dicho ámbito incumbiera a la tradición oral, se sabe que con los diferentes procesos de transmisión de la información surgió la escritura como registro. La grafía se convirtió en el soporte del lenguaje oral, por lo que las antiguas narraciones que en sus orígenes estuvieron reservadas para un deleite áulico y selecto, paulatinamente se tornaron más accesibles. Cabe mencionar que con la escritura surgió una noción clara de la historia y de desarrollo que fue determinante para reflexionar sobre el porvenir no solo como lugar de la memoria, sino como oportunidad para convocar diferentes tipos de escuchas o lectores a lo largo de los siglos mediante un registro o texto.

En este punto, luego de emplear diferentes soportes que sirvieron para este propósito, como por ejemplo las tablillas de adobe, la corteza de los árboles o las piedras, el papel se convirtió en un formato apto para sobrevivir a las pericias del cambio y al ímpetu de preservación de ciertas tradiciones cuya importancia pertenecía a un orden fundante que exigía perennidad y movilidad. De una forma u otra, el papel fue uno de los formatos en el que la historia y personalidad de occidente logró perpetuarse y difundirse.

Más allá de lo anterior, si se establece una reflexión sobre la historia material de occidente, es posible contemplar cómo el rol de un insumo como el papel ha resultado vital para las diversas transformaciones de la historia social de nuestra civilización. En este caso, es posible percibir una relación marcada no solo por una simple materialidad, sino por un conjunto de situaciones, transacciones ideológicas e históricas, que determinaron un hecho socioeconómico de gran relieve: el papel venció a todos los soportes debido a su resistencia, superior a la del papiro, y mucho más barato y rápido de fabricar que el pergamino. De este modo su uso se generalizó sustituyendo a otros recursos.

Con el papel se empezó a develar una necesidad que generó fenómenos como el surgimiento del libro. No sobra referir a la rebosante academia que se instauró en la Alta Edad Media, por ejemplo, en la que la educación descansaba en las scholae y centros monásticos que con el tiempo se convertirían en las primeras universidades en las que se formaba el clero y de una forma muy restringida algunos privilegiados de la comunidad laica. La idea de estas escuelas catedralicias o episcopales era cultivar el conocimiento en torno a la idea del texto, por lo que el papel se hallaba inmerso en un proceso que adelantaría la urgencia por la consolidación de bibliotecas y de centros de intercambio del conocimiento científico, su producción fue una preocupación sustancial.

De esta forma, al basarse el proceder científico de Occidente en la letra, todo aquello que movilizara el papel como un efecto económico y político de la civilización resultaba un ejemplo de cómo la cultura se redefinía a partir de la integración de este insumo en los diferentes momentos de la historia. Por consiguiente, los manuscritos de los amanuenses medievales fueron mutando y encontrando tecnologías de difusión más aptas y comercialmente más rentables de acuerdo con los diversos cambios que caracterizaron la transición del medievo al Renacimiento.

Muestra de lo anterior fue el surgimiento de la imprenta y con ella del libro tipográfico. La revolución que supuso este hecho incidió en la creación de tipografías ambulantes que permearon por toda Europa y que, más allá de la técnica detonaron cambios religiosos y culturales tan importantes como los de la Reforma luterana, la Contrareforma y la Ilustración.

La reflexión del libro y del papel como artefactos de poder, tuvo consecuencias físicas en los vetustos formatos que, por ejemplo en el siglo XVII se hacían más pequeños y más legibles – se sustituyó la letra gótica por la romana- y conforme se reinventaba el soporte, la temática también cambiaba, los textos eclesiásticos aunque predominantes, abrieron paso a las obras de autores clásicos como Homero, Aristóteles, Platón y Ovidio. La propagación del libro fundó más que nunca la certeza de que este era la piedra angular para el fomento de las ideas y la propagación de la cultura. De esta manera, de esta alianza con el libro surgió más adelante una clase intelectual denominada en Alemania como gebildete y en Rusia como intelligentsia.

Por tanto, asociar no solo el libro, sino al papel, como fuente y sustrato de nuestra identidad y como formato capaz de albergar discursos oficiales y de resistencia es pensar en este material como un lugar de condensación de los conflictos de la historia, un lugar que con el tiempo se ha democratizado y ha perseverado no solo para el resguardo de clases intelectuales, sino de diferentes voces, diferentes sujetos que en la hoja en blanco ven la oportunidad de escribirse, relatarse, relacionarse y ser, de acuerdo con la cotidianidad de la prensa, de las grandes obras literarias, científicas y hasta con los gestos más íntimos en los que consagramos  nuestra presencia y modo de reconocernos en la letra.

Por eso, el papel, incluso en medio de la era digital, no deja de ser un ecosistema en el que la humanidad circunda sin recelos. Primer escenario en el que lo visual privilegió la manera de encarar la vida, tanto con el individuo como con el grupo. Por eso, el fruto de la escritura, del que la eternidad está enamorada, se basa en el ingenio de ver y comprender la naturaleza de los medios materiales para crear algo tan universal como la hoja de papel, que fundó una forma de experiencia, de expresión y de focalización que incluso hoy nos conmueve, convoca e interpela.