El teórico de las comunicaciones Marshall Maclughan previno que “toda tecnología inventada y exteriorizada tiene el poder de entumecer la consciencia humana durante el período de su primera interiorización” (221), con lo anterior se refería a la dificultad de asimilar los cambios que suponían una variación en la forma en la que asumimos el mundo material y sus consecuencias en un plano sobre el espectro de las ideas. De esta manera, el auge y crecimiento de las formas virtuales y su culto en nuestra cultura hacen parte de una dialéctica en la que se comprende la consciencia de una nueva generación a partir de unos hábitos determinados.

El ámbito digital resulta un ejemplo de lo anterior. No obstante, antes de mutar y renunciar definitivamente a los medios mecánicos, lo digital se sitúa aún en un punto de perfecta compenetración con los insumos impresos, dado el caso de una industria de papel. Nuevamente concluye Maclughan que “La tipografía, no es solo una tecnología, sino también un recurso natural o materia prima, como el algodón, los bosques, o el radio y como cualquier producto, configura no solamente las relaciones de sentido propio, sino también modelos de interdependencia comunal” (17).

De acuerdo con lo anterior podemos hablar del tipo de interacciones y maneras por las que no solo la tipografía, sino los productos que se derivan de la materialidad que sostienen a este recurso, resultan vitales en un tiempo que se ufana de apartarse de las formas físicas. Productos como el papel, el cartón y la pulpa son fundamentales, marcan relaciones puntuales con nuestros hábitos y la manera en la que nos relacionamos con las prácticas del consumo. Según lo anterior es posible observar que el deseo por adherirse a una lógica de consumo más responsable ha mutado la dinámica de producción en un ámbito como el de la generación de cadenas papeleras, pues tanto el consumidor como el productor desean mantener responsabilidad con sus decisiones adquisitivas y productivas.

Nuestra vida cotidiana exige insumos como los empaques, los papeles suaves y, por supuesto, el papel para la imprenta y la escritura. En Colombia las empresas de papel y cartón producen para abastecer el mercado nacional, en el que los empaques representan casi la mitad de la producción del sector en el país. Cifras del 2017 revelaron que de la producción nacional de papel y cartón un 87% se vendió en el mercado local.

De este 87%   el 48% pertenece a la producción de empaques, el 27% a la imprenta y escritura, el 20% a los papeles suaves, es decir, aquellos que se usan con fines higiénicos y el 5% para uso variado. Las cifras presentadas comprueban la necesidad que tenemos de este tipo de materiales, importantes para el desarrollo económico del país y para las funciones que desempeñan como auxiliares de otro tipo de industrias.

Se ha reflexionado sobre un modo de producción que se aleje de un modelo como el de la economía lineal, heredero de la primera Revolución industrial y cuyo proceder erosiona los ecosistemas al excederlos en su capacidad de recuperación. Este tipo de producción clásica ha cedido a la preocupación por conservar y preservar los espacios naturales. A esta inflexión en este tipo de procesos se le denomina economía circular y muchos países la han implementado como una manera responsable de promover responsabilidad ambiental y social, Colombia no es la excepción.

En el plano de las industrias papeleras, la economía circular se ha propuesto disminuir la entrada de nuevos recursos naturales así como la salida de desechos mediante su reutilización, aprovechamiento y reciclaje. Su objetivo es conservar el valor de las materias primas dentro del ciclo productivo durante más tiempo. En el caso puntual de Colombia, este tipo de economía se ha tornado cada vez más popular, dado que esta estrategia es una apuesta ambiental y económica para el país. En consecuencia con lo anterior, se ha buscado integrar este tipo de producción sostenible al diseño de políticas públicas, como la Política Nacional para la Gestión Integral de Residuos Sólidos (Documento Conpes 3874).

Por tanto, este modelo busca el mínimo desperdicio mediante la consideración del ciclo de vida cerrado del papel. En Colombia el sector papelero ha fomentado el reciclaje durante los últimos 74 años, las empresas involucradas han puesto en marcha diferentes tácticas de recolección de los productos de papel, que una vez consumidos se reintegran dentro de su proceso de producción como materia prima.

Dentro del esquema de la economía circular, las empresas del sector se han comprometido a impulsar procesos de producción eficientes en cuanto al uso de los recursos naturales, principalmente a lo que compete al agua y a la energía. Una de las mayores preocupaciones para lograr esta meta es la permanente inversión en las energías renovables, la recirculación del agua, la reducción de emisiones y la optimización de los procesos.

Adicionalmente se busca cerrar el ciclo de todos los residuos que se generan en el proceso productivo.  Para lograr este objetivo el procesamiento de fibra y producción de papel crean oportunidades para que otras industrias aprovechen los residuos generados o para que las empresas los reutilicen internamente. Un ejemplo claro de esta práctica es la lignina, un subproducto del procesamiento de la fibra virgen, que es empleado por las empresas productoras de pulpa para la generación de energía.

A partir de esta sinergia de aprovechamientos y reutilización, la industria papelera en Colombia ha crecido mediante un esfuerzo por la optimización de la gestión ambiental responsable en un proceso productivo, limpio y eficiente, que intenta que el entumecimiento de la tecnología no nos distraiga de contribuir a una apuesta por un planeta más verde y reflexivo en sus propias maneras de producir bienes y servicios.