Podemos rastrear el origen de este insumo, esencial en nuestra cultura, desde el antiguo Egipto, de donde surge su etimología papyrus: el término se deriva de los tallos de este junco que crecía abundante en las riberas del Nilo. Para la obtención de los primeros papiros se trituraban las fibras y se disolvían en agua; la pasta conseguida se dejaba secar y luego se endurecía para darle consistencia. No obstante, aunque los papiros supusieron una forma importante de producción de soportes para la escritura, cabe decir que fue en China, año 105 d.C. que la fabricación de un material semejante al papel que conocemos hoy en día inició.

La creación del papel constituía un secreto de la corte del emperador, por eso su fabricación a partir de seda, paja de arroz y cáñamo era un tabú que se reveló gracias a los intercambios logrados de los viajes e incursiones de la Ruta de la seda por parte del califato de Bagdad, que, influenciado por la inventiva de China, creó uno de los primeros molinos de papel en la ciudad de Samarkanda. Los árabes difundieron el papel en España y Sicilia aproximadamente en el siglo X .d.C. Posteriormente, este nuevo material fue asimilado en Francia, donde en vez de seda se empleó el lino. Mil veces fue transformada la tecnología del papel hasta que logró difundirse a lo largo de Europa.

Por ejemplo, el famoso medievalista, Jacques Legoff, señala que en el siglo XIII, Francia e Italia acogieron molinos papeleros, lo que los convirtió en dos núcleos importantes en la producción del papel. El prestigio de Italia en esta materia consistió en la introducción de mejoras en la hoja, el uso de la cola animal y la filigrana supusieron un avance importante, mientras que, por su lado, los papeleros franceses se encargaron de transmitir sus conocimientos a las regiones de Europa central (Alemania, Bélgica y Holanda).

Desde este punto el papel empezó a reducir su precio y a elaborarse de una forma que podría llamarse masiva. No obstante, en el siglo XV, su relieve como materia prima de los procesos de coyuntura histórica se vio demarcado con la imprenta y los tipos móviles de Johannes Gutenberg, quien lo exaltaría por medio de una revolución material como una fuente potente de conocimiento, capaz de amoldarse a formatos como el libro, las publicaciones periódicas y los panfletos que paulatinamente empezaron a circundar diferentes entornos sociales.

Hoy en día, por medio del avance tecnológico, la democratización de la información se ha reconfigurado de tal forma, en que la imprenta mecánica ha sido reinterpretada y adaptada por la nueva era digital. El papel, dentro del ámbito editorial sostiene una fuerte batalla contra los nuevos soportes digitales. No obstante, aunque pareciera que el futuro de los medios impresos estuviera destinado a desaparecer, asombra ver las estadísticas que fuentes como el nuevo Digital Consumer Forecast o The Media Briefing arrojan, pues se cuantifica, en países como Estados Unidos e Inglaterra, el consumo de lo impreso de una forma que no puede ser subestimada, a pesar, incluso del auge de lo móvil y lo digital.

Al parecer la costumbre de leer en papel aún se impone como una forma más válida de cognición, por lo que el consumo de las fuentes impresas, más allá de las tendencias en el mercado, se acoplan a una manera de leer apropiadamente. De acuerdo con lo anterior, en el artículo Por qué el Cerebro Prefiere el Papel”, publicado en la revista Scientific American en el año 2013, el investigador y psicólogo, Ferris Jabr lleva a cabo un recorrido por diversos estudios durante los últimos 20 años y concluye que los lectores comprenden y recuerdan mejor un texto cuando lo leen sobre papel que cuando lo hacen sobre una pantalla. Adicionalmente, encuentra que la simplicidad del papel constituye su mayor fortaleza, pues el calibre de las letras crea una imagen mental y una serie de abstracciones que contribuyen a asimilar cuánto se ha leído y cuánto falta por leer, lo que supera el progreso de las lecturas en un monitor.

Debido a este tipo de ventajas mencionadas en el formato impreso, es que puede hablarse de una mixtura o necesidad de complementación entre los medios digitales y los tradicionales, que a la larga resultan primordiales no solo para la industria editorial, sino para el consumo de información, por lo que en una proyección a 2020, según estadísticas de The media briefing, publicada en español por el portal de noticias marketing directo, puede observarse cómo se maximiza la experiencia de lo digital mediante los recursos mecánicos de la imprenta y de su principal insumo, el papel.